¿QUIEN QUIERES SER, CUBANITO?

Qué oportunidad enorme para un niño, la que se presenta cuando, en un día cualquiera de su etapa infantil, aparece esta ofreciéndole el encuentro con un deportista, actor, o superhéroe favorito.

Cuánto se guarda en nuestros recuerdos. Cuán profundo va ese instante al alma y al tiempo que luego viviremos. Crecemos con esos flashazos de suerte, de alegría, de vanidad e inocencia.

Y crecemos así. En medio de nuestro imaginario ideal. En una equilibrada balanza de lo que somos y lo que anhelamos ser, con sumos referentes a seguir o imitar e incluso, superar.

¿Quién de nosotros no ha deseado ser Superman?, o el Duque Hernández?

Sentirnos los héroes, o como mínimo: importantes, valientes, necesarios. Cuánto de estos deseos de grandeza en la niñez mantenemos, incluso siendo adultos y hasta en la vejez. Eso supone quizás respuestas a dictaduras que han existido en la historia de la humanidad con esa necesidad insaciable de poder y perpetuidad.

Nadie se libra de los anhelos inocentes en el mediotiempo del crecimiento. Así como tampoco de la vocación que se desarrollara dentro de nosotros. Y empieza desde pequeños. Con los juguetes, la educación, la familia, la escuela, el barrio, los amigos. En fin, todo el escenario del cual nos vamos apoderando con ideas que más tarde, harán de nosotros las personas que muchos esperan o que no. Aun a pesar de lo mucho que nos inculcaron ser de un modo o de otro cuando eramos pequeños. Terminamos siempre, siendo nosotros mismos.

Cuando preguntas a cualquier niño cubano, quién deseas ser cuando crezcas, obtendrás las más diversas respuestas, pero nunca: Quiero ser como el Ché, o como Fidel, o como Martí.

No es precisamente porque nos falte repetírselo, o alentarlos, o explicarles quiénes son nuestros referentes de ejemplo o modelos de Hombre. Es, simplemente, porque son niños. Porque les parecerá más interesante y atractiva la fuerza de un superhéroe, la popularidad musical de un cantante o la destreza de un deportista. Y así crecemos.

Luego, en la juventud, es que comenzamos a tener una comprensión de la historia, la cual complace entonces aquellas indicaciones de nuestros padres a ser como fulanos, menganos o esperancejos. Curiosamente nunca más pensamos en la escuela y sus matutinos. Lugares donde, en pioneril actitud exclamábamos esa política e ideológica frase “Pioneros, por el comunismo seremos como el Ché”.

Un niño podrá conocer de manera mecánica los rasgos o características físicas de las cosas. Mas no el sentido histórico en ese; su periodo de vida. Sabrá quiénes son los héroes de su historia mas no podrá nunca sensibilizarse con las distintas situaciones o momentos trascendentales que hicieron, de sus ancestros, iniciar períodos de emancipación, o colonización, o esclavitud. En cualquiera de las escuelas del planeta sucede lo mismo. Los niños son niños, la historia es la historia y los héroes sin ficción son eso: héroes a estudiar y comprender una vez alcanzada cierta edad.

imagen: pixabay.es

Con ese análisis es que podríamos entonces dar respuesta, sin ahondar en lo psicológico, al interés de un infante en pleno desarrollo de sus características físico, morales, sociales y culturales.

Pero, qué ocurre cuando ya de grandes, bien adultos, con un sentido de la responsabilidad desarrollado a plenitud, además de tener cierta experiencia y cultura de carácter histórico, político, social y económico nos preguntan:

¿Quiénes queremos ser?

Además de considerar como tonta la pregunta, muchos, incluso, se molestan. No comprenden cómo es posible que se les realice semejante cuestionamiento con la edad que presentan. Y es como si se les ultrajara o criticase el resultado de ciudadano que han llegado a ser; a propósito de no parecerse a los cánones que, de pequeños, les inculcaban fuesen.

Ya hemos crecido y no podremos ser como nadie

El individuo, al crecer, ya se define a sí mismo como ente independiente y completamente auténtico.

Compartirá opiniones, ideales, esquemas de pensamiento y toda una serie de elementos culturales. También los gustos que junto a él han crecido, se han formado en su interior, de modo similar a sus semejantes.

El individuo, incluso en su tercera edad, también anhela ser alguien que deje huella, aunque no lo diga, aunque haga silencio, aunque pase el día como cascarrabias o a regañadientes.

Y si a ello se le añade, la carga psicológica que representa haberse comportado en la vida en función de cómo querían algunos, o para quedar bien con otros, esto influirá en su percepción de la felicidad y de lo que ha hecho para haber vivido de manera feliz.

No inculquemos a nuestros hijos ser como nadie. Ellos son auténticos, genuinos.

Tendrán, al crecer, una versión y opinión del mundo no necesariamente idéntica a la nuestra ni a la de nadie. Tratemos de que aprendan y tomen lo bueno de la humanidad, de las culturas, de las sociedades, de las economías, y permitirles que forjen su propio futuro.

Nadie tiene el derecho de atar la conducta de otros a filosofías propias. Mucho menos, a nuestras futuras generaciones.

La pregunta no es quien quiero ser cuando sea grande. Sino otra:

Como quiero vivir cuando ello ocurra.

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