Flor amarilla flor colorá, ¡si tienes vergüenza no me hables más!

Alguien comienza, desde temprano en Cuba, su quehacer diario y nada distinto.

Un día más enfocado en desenrollar el enorme nudo sexagenario que heredó de otros a quienes solo conoció por fotografías, libros de historia o enormes cantidades de spots y noticias. Donde la omnipresencia vendría a ser un detalle de segunda categoría se fuesen comparables noticia, actos y Dios.

Un poco de café. Medio frío, medio café. Ese era el despertar propio de unas ganas reinventadas cada día de ir a empujar su isla. Ese pedazo de algo en medio de un azul, que no era mar porque hacía años los peces se habían transformado en pollos, ni era playa ni era arena, ni había pollos.

Solo una entrada de cruceros ocasionales o repletos de otros, tacaños, y jodidos ideológicamente. Cruceros cargados de capitalistas ignorantes del español y de las tropecientas maneras de ganarse un peso al día, y tener el convencimiento de que vale veinticuatro veces su denominación.

Alguien no recuerda si desde ayer en la tarde, o desde hace varias tardes, o si hace meses ya, que espera lleguen los suministros: un crucero repleto de huevos, o de gallinas, o un buque con enormes redes que ha venido raspando el mar de otros dueños, atrapando todos los pollos existentes. Algo debe de llegar por ahí un día de estos. La entrada está situada perfectamente al norte. Embestida solo por criterios inexactos de oleaje y mal tiempo de vez en cuando, tanto, por meteorólogos políticos, como orientada políticamente la sensible meteorología de sus comercios.

Mucho se habla -piensa alguien, mientras camina a su trabajo- de que ya casi vencemos. ¿Qué cosa? ¿De qué se trata exactamente esa necesidad de vencer algo, de batallar infinitamente contra algo, o por qué cosa?

¿Qué se habría perdido de las noticias últimamente? En los últimos 60 años y que ahora viene como un fantasma vestido de duda a su cabeza y con ello, un redoble de tambores de la conciencia ante la inquietud: ¿estaría haciendo algo mal ante el hecho de no comprender la situación que vivía? ¿acerca de Él o de su isla? ¿O los dos?

En todo caso debería replantearse una conformación más exacta de sus ideas sobre qué y por qué luchar. No se puede pensar con claridad sin pollos ni huevos, ni pesos.

Y mucho menos, si pensar abarca un análisis de perspectivas y progreso relacionado con los próximos decenios. Ya casi ha pasado la mitad de su vida, por tanto, no ha de quedarle mucho, ni de progreso ni de tiempo.

Pero al menos dejaría esta, su asunción analítica, como herencia a sus hijos. ¿Cuáles hijos? Ellos ya no están. Se han ido. Quizás los vea llegar un día en un crucero, de esos enormes, blancos, gigantes, cargado de sueños de nadie que el conozca o que vista de verde olivo, o que milite, en cualquier cosa, pero que milite. Penetrando, triunfantes, la bahía.

Ahora dijeron que volverían tiempos de escasez. ¿Cómo puede regresar lo que no se ha ido? Que retorcida ilusión esta; en la que el planeta está quieto, y la isla de alguien, empujada a diario, es lo único con movimiento.

¿Pero que es la escasez? ¿La ausencia de qué? ¿Acaso el faltante anunciado implicará también condenas por hurto, oportunismo, o tráfico de influencias?

Otro ha mencionado la necesidad de estar preparado para ella, la escasez. ¿Se habrá referido a todos? Alguien no pudo oír si mencionaron su nombre, pero conoce que está ahí, incluido en esa lista. ¿Los demás escucharon sus nombres? ¿Qué tal si hacia algo para avisarles a todos los que desconocen sobre lo que se avecina? ¿O lo que conocen ya de antemano? Alguien no había nacido hace casi treinta años, pero dicen algunos que hasta la bahía parecía haberse secado. No había ni agua, ni sal, ni nada.

¿Será que el mar que rodea esto aquí no contiene el mineral necesario para las cocinas y solo contiene agua albañal y petróleo de barcos?

¡Mira! ¡Ahí va un Alcatraz!  –que libre es—pensó mientras se alejaba el ave. Revoloteando fuertemente como quien quiere escapar de algo, o de alguien, o de un sitio.

Llego a su oficina. Se sentó. No sin antes abrir la ventana, y pensar que faltaban cuatro horas para encender la climatización como estaba establecido. Era agosto, pero no había tanto calor. Solo estaba el cielo un poco nublado. Ojalá y lloviese –se dijo— mientas abría las persianas. Se podría ahorrar más debido al refrescamiento natural.

Qué bueno que aún no llegaba nadie. Estaría solo unos instantes ahora en los que aprovecharía la oportunidad de intercambiar con el llamado Gobierno Electrónico. Alguien no lograba comprender aún cómo se le llama plataforma de intercambio a un pajarito azul y encima apodarlo en inglés: Twitter.

Ya otros le habían dicho cómo hacer para poder dejar plasmadas sus inquietudes. Bien conocido era, además, que estas acciones eran un paso fundamental para lograr ese acercamiento entre el Estado y él.

Es curioso que eso fuese a dar alguna solución verdadera. Lo más cercano que estuvo jamás a lo que llaman gobierno; era una foto que tenía en casa, que tomó otro, en una fiesta con cartel de fondo: ¡VIVA EL 26!

Abrió Twitter. Estaba Nervioso.

Sabía que había formulado en días anteriores, preguntas simples sobre temas cotidianos. De esos que le vienen a la mente, cada vez que tenía que desenredar el nudo que heredó de sus jefes, de sus dioses, de su situación, y de sus padres.

¿Habrá respuestas?  —pensó.

Y alguien se sintió feliz, desde la vanidad. Pensando que podría haber inducido a reflexionar sobre comunes situaciones y sus variantes de solución. Sintió esa fuerza, que emerge desde el estómago y se clava en la garganta, como si tuviéramos toda la razón y la fuerza del universo. Ya esto había cambiado, el mundo había cambiado una vez hacia sesenta años, ¿entonces por qué no otro cambio para mejor?

El Ministro de Economía. Empezaría por ahí. Le recordaba a sí mismo cuando era más joven y estaba comprometido con un futuro propio. Enfocado en empujar, sin siquiera pensar, esta, su isla y sus raíces.

Alguien escribió, con golpes de tecla toscos y sin costumbre, el nombre del ministro de economía de su país que, según se rumoreaba, se encontraba en medio de históricos progresos económicos.

Ahí estaba. A solo un clic de distancia de las respuestas o anuncios; relacionados con sus preguntas hechas con respeto y medida, anteriormente, a todos los integrantes del aparato administrativo ministerial de la comarca en forma de isla que habitaba.

USTED NO PUEDE VER LOS TUITS DE ESTA CUENTA DEBIDO A QUE SU PROPIETARIO LO HA BLOQUEADO.

Así tan frío suele ser Twitter muchas veces.

Alguien se recostó en su silla. Quizás era un error de Internet –reflexionó – Que malos estos capitalistas que controlan el Internet y que ahora no querían que alguien se pronunciase en son de cambios, de mejoras, de ideas frescas.

Mañana levantaría una queja en la Dirección de su centro de trabajo denunciando esta patraña imperialista.

Este recrudecimiento del bloqueo. Porque era evidente que se trataba del bloqueo.

¿o no?

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